sábado, 6 de febrero de 2010

Opinión

Desde Los Altos

Fredy López Arévalo



El repique de campanas resonaba aún tras de mí, cuando el cortejo fúnebre había comenzado su lento peregrinar de la Iglesia de Santiago Apóstol al cementerio de mi pueblo, Yajalón. Mi tía Juanita López Trujillo, hermana de mi padre, falleció en la madrugada del miércoles, a los 93 años de edad.

Vivió lo que muy pocos logran vivir: casi un siglo.

Desde la noche del miércoles los deudos: hijos, nueras, hermanos, nietos, sobrinos, y demás familiares, compartieron el duelo, en lo que hasta el martes por la noche fue su morada, su hogar, a una cuadra de la presidencia municipal.

Hacía ya semanas que la tía Juanita convalecía, y el desenlace era esperado.

Tal vez por eso nadie lloraba, por lo menos nadie mientras yo estuve ahí, en el velorio.

No es que no sintiéramos la muerte de la tía, no, de ninguna manera, lo que pasa es que tal vez todos compartíamos, aún sin decirlo, la certeza de que en ella, y más que nadie ella, había cumplido a cabalidad el ciclo natural de vida: nacer, crecer, reproducirse, morir.

La noche en que velamos a la tía, el miércoles, el cielo estaba límpido, plagado de estrellas.

Los parientes atravesaron coches en la calle principal, la bloquearon, y dispusieron de una carpa y decenas de silla para quienes se acercaron a compartir el duelo.

La tía Juanita era una mujer muy querida por todos, y sus últimos años, por lo menos desde que enviudo, se había consagrado a la Iglesia.

Era ferviente en su fe católica, y en su casa particular dispuso de un espacio especial para erigir ahí un altar, que bien podría competir con cualquier parroquia de la zona.

Doña Concha Ballinas repartió tamales y café, y algunos, los menos, se echaron uno que otro trago, como suele hacerse en los velorios para mantener la vigilia.

Me tocó saludar a familiares llegados de todas partes de Chiapas, y aún de Tabasco, y se esperaba para hoy el arribo de nietos y otros parientes que residen en Puebla o el Distrito Federal.

La tía Juanita era, por así decirlo, la matriarca de la familia López, y eso es algo que echaremos de menos ahora que se ha ido, quién sabe a dónde.

En torno a ella nos reuníamos y reconocíamos toda la parentela, aún aquéllos que ya no llevan el apellido López como primer apellido.

El párroco de Tila, Heriberto Cruz, ofició el jueves por la mañana la misa del adiós.

Para muchos que el cura prolongó por más de la cuenta el sermón, pero tal vez eso se haya debido a que él le tenía un aprecio muy especial.

La figura del párroco era imprescindible en las fiestas de cumpleaños de la tía Juanita. Guitarra en mano le cantaba las mañanitas y otras canciones que él sabía eran de su agrado.

Luego del párroco, venía la marimba y el bailongo.

Por eso me extrañó que su sepelio haya sido tan silencioso, aunque luego me aclaró uno de sus hijos, el primo Alfredo, que había sido la voluntad de la tía.

Que ella habría dicho antes de morir: “¿Para qué quiero música si ya no la voy a escuchar?”.

El calor era sofocante cuando nos tocó acompañar a la tía hasta el panteón municipal.

Solo los más allegados a ella permanecieron hasta que los albañiles tapiaron su sepulcro, una especie de sarcófago de laja, dentro del cual depositaron su ataúd.

Me acompañaron mi mujer, su hija Julia, y mi pequeña Yuria Soledad, mi hija Flora Sofía, que llegó de Copenhague, Dinamarca, con su madre, el esposo de su madre, y sus dos hermanitas danesas: Julie y Marie.

La tía descansa en paz ¿Quién sigue?

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